
No medía más de un metro de estatura. Hacía bastante frío así que mi madre me forró de ropa y como envoltorio final me puso un anorak heredado de mi hermana, que yo no terminaba de rellenar.
Me colocó divertida ante el espejo y me miré de arriba abajo analizando mi atuendo: pantalones de pana con rodilleras, gorro de lana verde con borla, bufanda a juego y manoplas, y ese enorme anorak que me hacía unos brazos largísimos.
Para ella estaba muy bonita pero a mí me daba corte. No muy convencida miré a mi padre que también estaba listo para el rigor del Invierno, se agachó para subirme la cremallera y me dijo: “Vaya yo caliente, ríase la gente”.
Las palabras mágicas me hicieron de repente sentirme calentita y feliz. Mi madre me dio un beso y me puso una mandarina en el bolsillo, y yo, a pesar de la dificultad avancé de la mano de mi padre excitada por la aventura campestre.
La tarde anterior habíamos estado los dos mano a mano colocando el Nacimiento en un enorme tablero, con sus montañas, ovejas, patos y un río de plata. Me encantaban las luces de colores, me parecía de cuento y yo, desatada mi imaginación, me hacía pequeña y me metía en esas casitas que tenían las ventanas de papel de celofán.
Mi padre tan niño como yo, estaba empeñado en que le faltaba algo llamado musgo, así que a la mañana siguiente cuchillo en mano nos adentramos en un bosquecillo cercano para buscarlo . El suelo patinaba bastante y desprendía una neblina azul; Mis ojos estaban abiertos al máximo observando alucinada alrededor, esperando que en cualquier momento apareciera un zorro o cualquier otro animal de los que salían en los dibujos.
Unos pasos adelante mi padre se paró sonriente: “¡Aquí hay una “mina” de musgo, mira!", y con mucho cuidado trazó un rectángulo alrededor con su cuchillo y levantó la alfombrita verde hasta posarla en mis manos. Pensé que era precioso y además olía a lluvia. Incluso algún trozo traía una seta incorporada. En un momento teníamos la bolsa llena así que contentos tomamos el camino de regreso.
Esta vez teníamos que subir un monte que a mí me pareció una montaña, mis playeras no eran muy adherentes y se me hizo un mundo llegar hasta la cima.
Desde arriba la vista era espectacular. El sol sacaba reflejos dorados de las ventanas de las casas (me acordé de mi Belén) y al fondo la sierra brillaba cubierta de nieve. Mi padre sonriente me sentó en sus rodillas y empezó a detallarme el paisaje: “ Mira, nuestra casa, allí esta mamá asomada a la ventana. ¿La ves?, Aquellas son las cuevas, un día vamos, y allá a lo lejos la Bola del Mundo, ¿La ves? Está cubierta de nieve y tiene una antena en la punta…” Yo buscaba una bola blanca pero no veía nada… “Es una montaña… allí vive un señor todo el año que estudia el tiempo; además hay unas antenas enormes…” Yo miraba el paisaje con la boca abierta, todo era increíble y hasta se me había olvidado el frío y la humedad.
Me encantaba la sensación del sol en las mejillas. Ahora no había ni una nube y el cielo estaba azul intenso. Entonces lo oí.
Era un rumor incesante de trompetas sobre nuestras cabezas. Alcé la vista y ahí estaba: la imagen más bonita que jamás había visto. Decenas de aves formando una “V” perfecta volaban hacia el Sur, incansables, testarudas, valientes… Y yo, clavada en la cima de aquel monte con los ojos como platos grabé esa imagen para siempre en mi retina y en mi alma.
No pasa un Otoño o una Primavera en la que no busque en el cielo una “V” que me dibuje una sonrisa en el alma. Me gusta pensar que son un buen augurio; que la Naturaleza sigue su curso y en algún lugar del Planeta una flor está naciendo o un árbol se prepara para el invierno.
Este Otoño sólo he conseguido ver una, y no de las más grandes. Y no puedo evitar preguntarme si será mala señal, si nacerán menos flores en el Hemisferio Sur y por eso los árboles del bosquecillo cercano, no han tirado aún todas sus hojas.
Me colocó divertida ante el espejo y me miré de arriba abajo analizando mi atuendo: pantalones de pana con rodilleras, gorro de lana verde con borla, bufanda a juego y manoplas, y ese enorme anorak que me hacía unos brazos largísimos.
Para ella estaba muy bonita pero a mí me daba corte. No muy convencida miré a mi padre que también estaba listo para el rigor del Invierno, se agachó para subirme la cremallera y me dijo: “Vaya yo caliente, ríase la gente”.
Las palabras mágicas me hicieron de repente sentirme calentita y feliz. Mi madre me dio un beso y me puso una mandarina en el bolsillo, y yo, a pesar de la dificultad avancé de la mano de mi padre excitada por la aventura campestre.
La tarde anterior habíamos estado los dos mano a mano colocando el Nacimiento en un enorme tablero, con sus montañas, ovejas, patos y un río de plata. Me encantaban las luces de colores, me parecía de cuento y yo, desatada mi imaginación, me hacía pequeña y me metía en esas casitas que tenían las ventanas de papel de celofán.
Mi padre tan niño como yo, estaba empeñado en que le faltaba algo llamado musgo, así que a la mañana siguiente cuchillo en mano nos adentramos en un bosquecillo cercano para buscarlo . El suelo patinaba bastante y desprendía una neblina azul; Mis ojos estaban abiertos al máximo observando alucinada alrededor, esperando que en cualquier momento apareciera un zorro o cualquier otro animal de los que salían en los dibujos.
Unos pasos adelante mi padre se paró sonriente: “¡Aquí hay una “mina” de musgo, mira!", y con mucho cuidado trazó un rectángulo alrededor con su cuchillo y levantó la alfombrita verde hasta posarla en mis manos. Pensé que era precioso y además olía a lluvia. Incluso algún trozo traía una seta incorporada. En un momento teníamos la bolsa llena así que contentos tomamos el camino de regreso.
Esta vez teníamos que subir un monte que a mí me pareció una montaña, mis playeras no eran muy adherentes y se me hizo un mundo llegar hasta la cima.
Desde arriba la vista era espectacular. El sol sacaba reflejos dorados de las ventanas de las casas (me acordé de mi Belén) y al fondo la sierra brillaba cubierta de nieve. Mi padre sonriente me sentó en sus rodillas y empezó a detallarme el paisaje: “ Mira, nuestra casa, allí esta mamá asomada a la ventana. ¿La ves?, Aquellas son las cuevas, un día vamos, y allá a lo lejos la Bola del Mundo, ¿La ves? Está cubierta de nieve y tiene una antena en la punta…” Yo buscaba una bola blanca pero no veía nada… “Es una montaña… allí vive un señor todo el año que estudia el tiempo; además hay unas antenas enormes…” Yo miraba el paisaje con la boca abierta, todo era increíble y hasta se me había olvidado el frío y la humedad.
Me encantaba la sensación del sol en las mejillas. Ahora no había ni una nube y el cielo estaba azul intenso. Entonces lo oí.
Era un rumor incesante de trompetas sobre nuestras cabezas. Alcé la vista y ahí estaba: la imagen más bonita que jamás había visto. Decenas de aves formando una “V” perfecta volaban hacia el Sur, incansables, testarudas, valientes… Y yo, clavada en la cima de aquel monte con los ojos como platos grabé esa imagen para siempre en mi retina y en mi alma.
No pasa un Otoño o una Primavera en la que no busque en el cielo una “V” que me dibuje una sonrisa en el alma. Me gusta pensar que son un buen augurio; que la Naturaleza sigue su curso y en algún lugar del Planeta una flor está naciendo o un árbol se prepara para el invierno.
Este Otoño sólo he conseguido ver una, y no de las más grandes. Y no puedo evitar preguntarme si será mala señal, si nacerán menos flores en el Hemisferio Sur y por eso los árboles del bosquecillo cercano, no han tirado aún todas sus hojas.