
Resulta que bajo la escalera rumbo al frío, con esa penita infantil de anhelar el refugio de tu abrazo bajo el nórdico y el bulto perruno en el costado.
Y cruzo la explanada frente a la Iglesia, a la que miro de reojo por esa costumbre que tengo de buscar la magia aunque sea para ir a la oficina.
Y llego a la parada de autobús y me arropo de neblina anónima entre desconocidos. Me doy una vuelta por los campitos de mi memoria y me veo de la mano de mi abuela esperando el autocar del colegio... dándome su besito saleroso, sabedora del pellizco que mi timidez e inseguridad me producen en el pecho.
El autobús verde atraviesa los campos como un saltamontes gigante. Aún en tinieblas los campos son retales amarillos, ocres y verdes, que tienden una enorme colcha sobre la tierra dormida. Al norte las montañas, en pliegues azulados y al este Madrid, en flecos desiguales, sucios y desgastados por el uso.
Avanzo calladita, no opongo resistencia a pesar de ésta penita infantil. Mis párpados, persianas enrollables, suben y bajan en disputa con el sueño que aún me ronda; y cuando están apunto de perder la batalla, el amanecer me regala una acuarela multicolor, primero usando una paleta de rojos, fucsias, naranjas, amarillos que se funden, sin saberse en qué punto, con un azul tan intenso que los ojos se me tornan inmensos, desertores del sueño. Ahora los campos vuelven a la vida. Sus retales toman color y los pájaros, duendecillos rodeados de un halo dorado, se desperezan para buscar el desayuno.